
Desde hace poco más de dos años comencé a subir de peso. Obviamente no fue planeado porque tampoco lo necesitaba por una cuestión de salud, más bien debía bajar un poquito. Pero el invierno del 2007 fue tan frío que lo que me pasó me dejó vacía, y qué mejor que llenar las penas con chocolates y comida casera. Cuando llegó la primavera y el Sol comenzó a quedarse un rato más conmigo, lo peor había pasado.
Una no se da cuenta de que cuando sube de peso desmedidamente pierde otras cosas. Basta con encontrar remeras sueltas para disimular y seguir comiendo. Es tan placentero ese momento que parece que se llena un agujero negro. Así se fueron al fondo del cajón las remeras ajustadas y escotadas, y los vestidos provocadores.
Me dejé, me dejé estar. Cada tanto me miraba y encontraba un rollo nuevo, pero qué importaba. Claro que siempre hay límites, tampoco me convertí en una bola de boliche che! Simplemente me rellené.
Un día me di cuenta que ya la gente no me miraba por la calle, que los hombres jóvenes rara vez lanzaban una mirada tentativa y que los piropos sólo venían de los obreros que estaban en un descanso. Algo pasaba.
Yo no sirvo para las dietas. Eso de pesar cada gramo, planificar cada comida es un fiasco. Nunca pude llevar adelante una dieta equilibrada como era debido. A mediados del año pasado fui por primera vez a una nutricionista, pero el papel duró colgado en la pared 40 veces más que el tiempo que le presté atención.
Pasaron tres veranos desde ese invierno de 2007. Ropa suelta, hombros al aire, polleras que pasaron de minis a polleras comunes. Todo cambió en mi vestuario. Hasta ahora.
Voy a ser redundante en muchas cosas hasta que describa la totalidad de mi crecimiento. Como dice mi perfil, me estoy redescubriendo. Desechando lo malo, perfeccionando lo bueno. Si todo lo feo aparece por algo, estoy segura que no tiene que pasar inadvertido. Ya bajé 4,5 kilos desde que decidí cambiar. Y no es por hacerme la linda, pero...me siento divina.
La ropa que ya no me entraba, calza perfecto al límite de quedar suelta. Volví a las polleritas y los vestiditos, desempolvé los aros, emprolijé el pelo y le saqué las telarañas a los zapatos. Ahora me vuelven a mirar lo que habían dejado de hacerlo y me siento deseada. Verse linda por fuera implica también sentirse bien por dentro. De nada me serviría bajar de peso y seguir pensando igual.
Con todo esto estoy lejos de convocar a una "anorexeada" masiva. Todo lo contrario. Lo que hay que buscar es un equilibro. No todo es blanco o negro, los grises son más armoniosos y también combinan con todo. La medida justa es la de una, no hay recetas a seguir.
Hoy no podría estar más linda si por dentro no me sintiera segura de mi. Al que no le guste, que no mire. Yo soy así.



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