jueves, 18 de febrero de 2010

La patilarga

Estoy segura de que cuando llegué ella ya estaba ahí. Flaca, morocha y de piernas largas. Cuando pasé por la puerta y me acomodé al costado del salón todavía ignoraba su presencia. Mi cabeza estaba sumergida en otros pensamientos. Luego de diez minutos, y con el aula llena, llegó la profesora. Siempre tan blanca, siempre tan calma. Me pregunto cómo hará, si alguna vez le sale la verborragia de adentro o si siempre enfrenta todo con las palmas unidas y la cabeza agacha seduciendo a los dedos gordos de sus manos.

La clase fue igual que la anterior, tres “om” y se supone que una ya se encuentra conectada con su interior. Visualizar el cuerpo desde adentro como pide la profesora es para mi una ardua tarea. Me cuesta horrores concentrarme en algo, no puedo escapar a mis pensamientos. De los pies hacia la cabeza, al menos 5 minutos de concentración y se cierra la conexión con el cuerpo. Tal vez esté haciendo algo mal, pero juro que no puedo. Lo intento, pero no puedo.

Cuando llegó el momento de relajar la cabeza y mirar para un lado y para el otro repetitivamente la vi. Ahí se me fue lo poco de concentración que había logrado. Estoy segura de que me miraba, ella sabe que no me gusta que aparezca. Cada vez que volvía para su lado, seguía igual, inmutada. Si hubiera podido verle la cara, apuesto a que se estaba riendo de mi. Mientras se mantuviera quieta, podía seguir con la clase casi sin problemas.

¡Pero se tenía que mover nomás! Un poquito, después otro poquito, y un poco más. Se movía y yo ya ni me acordaba de que estaba en una clase de yoga. Buscaba la mirada cómplice de alguno de mis compañeros pero estaban todos mirando su propio cuerpo. Claro, es fácil cuando no tenés una patilarga haciéndote morisquetas.

Por suerte decidió que yo ya no era un buen blanco, se aburrió de mi y se fue. Caminó hacia la profesora, pero ahora era yo la que no le quitaba los ojos de encima, me quería asegurar de que se fuera para no volver más. En medio de una de las contorsiones en las que hay que llevar la mirada hacia atrás, la profesora la vio. Creo que abrió los ojos tanto como los tengo yo normalmente. Siempre dijeron que tengo ojos grandes, y es cierto. Menos mal que mi cara acompaña, sino me vería muy desproporcionada. Igual ahora me están fallando un poco y necesito anteojos para ver de lejos. La profesora me miró a mi, y yo le lancé mi mirada que dice “ya estaba al tanto”. Esa que levanta las cejas, abre los ojos y achina la boca. Tenía que ser la líder del grupo, después de eso disimuló bien que la tenía atrás.

Seguimos con la clase y yo no le quitaba los ojos de encima a la muy turra. A esa distancia ya no podía ver si era ella o una marca en la pared. Pensaba en que el ventilador podía cruzársele por el camino y devolverla directo a una parte de mi cuerpo. Debía estar atenta a ese momento. Pero no, se quedó atrás de la profesora, sentada sobre el marco de la puerta. Me miraba, lo sentía. Pero se quedó ahí, hasta que terminamos la clase. Después del “om” final me quedé con las ganas de decirle a la profesora: “por favor, otra vez arañas no”.

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