jueves, 11 de febrero de 2010

Y si no nos conocen por eso ¿Qué me importa?

Copio abajo una noticia que publicó Clarín en último momento. Creo que circunscribir el conocimiento de la pareja a nimiedades como cumpleaños, el nombre de la mejor amiga, color favorito y cosas por el estilo es un error enorme. No voy a negar que a mi, particularmente, me rompería mucho los ovarios que me novio no se acordara del día de mi cumpleaños, pero con el tiempo uno aprende que hay cosas más importantes que esas.

Estar en pareja implica un esfuerzo mutuo diario y saber de qué color son mis ojos no cambia lo que pueda suceder. Tener un compañero o compañera requiere de atención, de escucha, de comprensión, y principalmente, de lo que el mismo nombre dice....compañía. Sin embargo uno/a puede estar acompañado/a y sentirse solo/a.

No sentirse parte de la vida del otro, no sentir que el otro se involucra en nuestra propia vida, lleva a las parejas al fracaso.

Repito, prefiero que miren más allá de mis ojos sin prestarle atención al color, a que sepan qué tenía puesto en la primera cita.



Muchos hombres conocen poco y nada a sus esposas

Ignoran datos como el color de ojos, el día del cumpleaños y su cargo en el trabajo.
Clarín último momento

"Estamos casados desde hace cuarenta años y mi marido todas las mañanas me pregunta si quiero café. Qué amable, pensará usted. Pero es una pena que yo no pueda tomarlo porque me da dolor de estómago". Por más que las parejas se sienten todos los días delante de la misma mesa para desayunar, almorzar y cenar, los hombres parecen no saber nada de sus compañeras.
Tal como indica el "Daily Mail", según un estudio realizado, millones de ingleses no conocen a su pareja y no saben decir ni qué color de ojos tienen ellas. Esta completa falta de atención de parte de ellos es, de hecho, uno de los motivos que conducen con el tiempo a la inevitable ruptura de la pareja. Un sondeo a dos mil hombres realizado en el interior de algunos comercios de Londres, como por ejemplo perfumerías, reveló, de hecho, que el 12% no sabe el color de ojos de su amada, que el 10% ignora el día de su cumpleaños y que cerca del 18% no tiene ni idea cuál es el color natural de su cabello. Además, uno de cada tres no está en condiciones de decir cuál es su perfume favorito. Muchos tienen también graves problemas con el talle y, algo más grave aún, no saben exactamente cuál es su cargo en el trabajo o el nombre de su mejor amiga. Esta "ignorancia" causa a los hombres no pocos problemas, sobre todo cuando se traga de hacer regalos. Los investigadores vieron que al menos el 27 por ciento de los novios había comprado vestidos de un talle equivocado. De todos modos, la mayoría de ellos admitió que las mujeres prestan más atención a los detalles. Según la especialista en Relaciones, Francine Kaye, eso que para una mujer es importante, puede ser poco relevante para un hombre.Kaye agregó al respecto: "Si queremos que se acuerden de determinados detalles, es preciso recordárselos. Con los hombres no es necesario usar subtítulos. Hay que decir siempre las cosas de modo claro. Si queremos, por ejemplo, algo para el Día de San Valentín, debemos decirlo".

miércoles, 10 de febrero de 2010

Linda!



Desde hace poco más de dos años comencé a subir de peso. Obviamente no fue planeado porque tampoco lo necesitaba por una cuestión de salud, más bien debía bajar un poquito. Pero el invierno del 2007 fue tan frío que lo que me pasó me dejó vacía, y qué mejor que llenar las penas con chocolates y comida casera. Cuando llegó la primavera y el Sol comenzó a quedarse un rato más conmigo, lo peor había pasado.

Una no se da cuenta de que cuando sube de peso desmedidamente pierde otras cosas. Basta con encontrar remeras sueltas para disimular y seguir comiendo. Es tan placentero ese momento que parece que se llena un agujero negro. Así se fueron al fondo del cajón las remeras ajustadas y escotadas, y los vestidos provocadores.

Me dejé, me dejé estar. Cada tanto me miraba y encontraba un rollo nuevo, pero qué importaba. Claro que siempre hay límites, tampoco me convertí en una bola de boliche che! Simplemente me rellené.

Un día me di cuenta que ya la gente no me miraba por la calle, que los hombres jóvenes rara vez lanzaban una mirada tentativa y que los piropos sólo venían de los obreros que estaban en un descanso. Algo pasaba.

Yo no sirvo para las dietas. Eso de pesar cada gramo, planificar cada comida es un fiasco. Nunca pude llevar adelante una dieta equilibrada como era debido. A mediados del año pasado fui por primera vez a una nutricionista, pero el papel duró colgado en la pared 40 veces más que el tiempo que le presté atención.

Pasaron tres veranos desde ese invierno de 2007. Ropa suelta, hombros al aire, polleras que pasaron de minis a polleras comunes. Todo cambió en mi vestuario. Hasta ahora.

Voy a ser redundante en muchas cosas hasta que describa la totalidad de mi crecimiento. Como dice mi perfil, me estoy redescubriendo. Desechando lo malo, perfeccionando lo bueno. Si todo lo feo aparece por algo, estoy segura que no tiene que pasar inadvertido. Ya bajé 4,5 kilos desde que decidí cambiar. Y no es por hacerme la linda, pero...me siento divina.
La ropa que ya no me entraba, calza perfecto al límite de quedar suelta. Volví a las polleritas y los vestiditos, desempolvé los aros, emprolijé el pelo y le saqué las telarañas a los zapatos. Ahora me vuelven a mirar lo que habían dejado de hacerlo y me siento deseada. Verse linda por fuera implica también sentirse bien por dentro. De nada me serviría bajar de peso y seguir pensando igual.
Con todo esto estoy lejos de convocar a una "anorexeada" masiva. Todo lo contrario. Lo que hay que buscar es un equilibro. No todo es blanco o negro, los grises son más armoniosos y también combinan con todo. La medida justa es la de una, no hay recetas a seguir.
Hoy no podría estar más linda si por dentro no me sintiera segura de mi. Al que no le guste, que no mire. Yo soy así.

martes, 9 de febrero de 2010

Feli-calendario

Yo: ¿Este calendario viene con felicidad?

Vendedor: Mmmm....no.

Yo: Ah, bueno ¿Entonces me da un ejemplar de "Cuando lo peor haya pasado" de Pablo Ramos?

Vendedor: Sí como no ¿Es para regalo?

Yo: No, es para mi.

domingo, 7 de febrero de 2010

Parteras en el Norte: tiempo para nacer


Nota publicada en Urban@s en Red


Florencia Mallagray (foto) nació en Jujuy hace 30 años. Se recibió de abogada en la Universidad Nacional de Tucumán en el 2002, y luego se mudó a Buenos Aires para desarrollar su carrera como actriz. Mientras su cuerpo estaba a kilómetros de su provincia natal, su mente seguía viviendo y sintiendo las costumbres de su Tierra. Al tiempo que indagaba acerca de las relaciones entre mujeres, siguió estudiando y se recibió de periodista a fines del 2009. Para entonces, el documental “Parteras del Norte” ya tenía escrito su destino. Esta investigación audiovisual sobre el oficio de las parteras en la provincia de Jujuy se debió postergar por falta de presupuesto. Desde entonces, Mallagray espera su propia experiencia.

P- ¿Cómo surgió “Parteras del Norte”?

Mallagray-
A partir de una investigación sobre los vínculos que se generan entre mujeres. La mujer ayudando a la mujer y trabajando en círculos. Comenzamos estudiando a la menstruación como hecho social, en distintas culturas y en la actualidad. Analizando las connotaciones negativas que rodean el sangrado femenino en nuestra cultura y comparándolo con el significado sagrado que tenía en antiguas culturas, su relación con la tierra, sus ciclos y la capacidad de dar vida. De esta forma llegamos a las parteras, que son mujeres que acompañan, contienen y se entregan en cada nacimiento. Es un vínculo de género…

P- ¿Qué importancia tiene para la sociedad que sigan existiendo personas que ayuden a nacer?

M-
La partera es la persona que acompaña no sólo durante el trabajo de parto sino también durante todo el embarazo. No es un ayudante más del médico, es la mujer que contiene a la mamá, que tiene un rol de nexo entre ellos. Y por sobre todas las cosas es quien tiene la capacidad de hacer esperar el nacimiento, la paciencia. Antiguamente las parteras, eran también las curanderas de la comunidad. En épocas de la inquisición fueron quemadas por ser consideradas brujas y durante tres siglos el oficio estuvo en las sombras. En la actualidad la figura de la partera también se está perdiendo. Si bien ya no las queman, están siendo suplantadas por enfermeras o médicos residentes. Las escuelas de parteras que había en el país se cerraron hace 40 años y se fue perdiendo el oficio paulatinamente. Hoy no hay cargos de parteras, no hay tiempos de espera y hay cada vez menos paciencia.

P- ¿Por qué te centraste en las parteras de Jujuy?

M-
En Jujuy la cultura ancestral coya y guaraní aún está muy presente y viva. En medio de la Quebrada se percibe muy a flor de piel la fuerza de lo natural. El relato de una mujer coya que cuenta como dio a luz a cinco hijos en su rancho, ayudada por su marido, es muy contundente y nos hace reflexionar sobre la forma de parir en la ciudad, sobre los beneficios y desventajas de la tecnología.

P- Las parteras son parte de una costumbre que lleva muchos años, pero que pocos saben que sigue existiendo ¿Por qué creés que se las ha ido marginando?

M-
El miedo es uno de los principales motivos. El auge de las especialidades es otro, y coincide con el cierre de escuelas de parteras y la transición de los partos domiciliarios a las clínicas. A partir de ese momento, el parto comienza a ser medicalizado cada vez más. Si bien se redujo el índice de mortalidad materna, el exceso de medicalización y la falta de parteras han aumentado los índices de cesárea. Han hecho que la mujer pierda confianza en su propia capacidad de parir.

P- ¿A qué se debe el gran aumento de cesáreas?

M-
El aumento de cesáreas se debe a muchos factores: la falta de tiempo o espera del proceso de nacimiento por parte de las clínicas, enfermeras y médicos, la presión de los médicos por temor a los juicios de mala praxis, la falta de parteras y el creciente miedo de las mujeres a parir naturalmente. El mensaje cambiado que reciben las mamás es “prefiero cesárea para evitar el dolor o para no sufrir yo o el bebé”. En realidad no se difunde que la cesárea es una cirugía mayor, siendo la recuperación mucho más lenta y dolorosa que la de un parto natural. No es cierto que se pague más por una cesárea que por un parto, pero por el tiempo que toma y el menor riesgo que tiene para el médico la cesárea, las terminan provocando innecesariamente.

P- ¿Cómo sobreviven las parteras?

M-
Durante el rodaje nos sorprendimos con un dato curioso: en la ciudad de San Salvador, capital de la provincia de Jujuy, el índice de cesárea es de 7 de cada 10 partos. Un promedio que se repite en otras capitales del país, en donde hay acceso a clínicas y hospitales. Mientras, en el hospital de la localidad de Abra Pampa, capital de la Puna jujeña, donde no hay quirófano para operar y la maternidad está manejada sólo por cinco parteras, el promedio de cesáreas es una de cada 100.

P- ¿Cómo es la relación de las parteras con los médicos?

M-
Si el sistema estuviera bien articulado la relación debiera ser complementaria. La partera es la que acompaña la mayor cantidad de horas a la mamá y el médico debería llegar para el momento del parto. El problema es que paulatinamente se ha dejado de lado la función de la partera.

P- ¿Qué lugar ocupa el aprendizaje de la salud sexual y reproductiva en el norte? ¿Cómo ayuda esto a las parteras?

M-
La quebrada conserva mucha tradición transmitida de generación en generación. Falta mucha información respecto a salud sexual y reproductiva. Los puestos de salud no abundan y las mujeres comienzan a tener hijos con la primera menstruación y terminan con la menopausia. En general, las mujeres campesinas tienen mucha resistencia para ir a parir al hospital, por eso en su mayoría prefieren parir en el rancho ayudadas por la partera o comadrona de la zona. En lugares de cultura aborigen de Brasil, que presentaban esta misma situación, se mejoró la salud materno-infantil instruyendo con reglas sanitarias básicas a las parteras empíricas que contaban con la confianza de las mujeres de su comunidad. Éstas operaron como nexo entre su comunidad y los hospitales en casos de alto riesgo, y se redujo la mortalidad materna significativamente.

P- Estás llegando al octavo mes de embarazo y decidiste tener a tu hija con la ayuda de una partera ¿Por qué? ¿Cuánto influyó tu investigación?

M-
A raíz de esta investigación, se fortaleció mi confianza en el cuerpo y en la capacidad de parir que tenemos las mujeres. Estoy con un equipo de partera y médica que se dedican a hacer partos domiciliarios y partos respetados en instituciones, es decir, sin anestesia. Yo elegí esta segunda opción. Un parto en una sala de preparto, no en un quirófano, en el que se genera un ambiente íntimo, similar al de casa pero con la seguridad de estar en la clínica por cualquier urgencia. Ésta es la diferencia básica de un parto respetado y un parto invasivo. Hay libertad de movimiento, elección de postura para parir, acompañada por las personas que vos decidas y con música que vos lleves. Son pequeños cambios que no requieren de una inversión tecnológica, sino de un buen trato humano. Sin desmerecer la tecnología. Creo que ése es el equilibrio que a mí me deja tranquila. La cuestión pasa por ahí, que cada mamá tenga el parto con las condiciones que ella necesita para estar tranquila

P- “Parteras del Norte” está en proceso aún y tenés un blog de promoción ¿Qué es lo que falta?

M-
Es un trabajo hecho a pulmón. Falta la parte de edición que requiere de más técnica y arte. Básicamente necesitamos un sponsor que nos ayude a terminar el trabajo y nos posibilite hacer un buen número de copias para distribuirlo. Necesitamos que las marcas e instituciones que deseen ayudar a transmitir nuestro mensaje se sumen al equipo con el aporte que puedan, para que “Parteras del Norte” vea la luz y pueda despertar confianza en muchas mujeres más, tanto como lo hizo conmigo.

viernes, 5 de febrero de 2010

Momentos íntimos

En estos días, en que estoy aprendiendo a mimarme y cuidarme, así como hacía antes, estoy descubriendo que puedo hacer muchas cosas sola y pasarla más bien. Ayer por primera vez fui al cine y pedí en boletería un -solo- ticket. La decisión fue como una explosión, estaba podrida de pensar, de estar en casa y de escuchar música que levanta recuerdos de los subsuelos. Agarré la cartera y salí con apenas un saludo.

Hay otras cosas que una puede hacer sola, como por ejemplo cuidarse. En el sentido más amplio que pueda tener esa palabra. Eso va desde arreglarse, pintarse, cuidarse el pelo, el cuerpo, bajar los kilos de más (es increíble cómo la voluntad logra milagros), leer, crear momentos de intimidad con unx mismx. Creo que todo se trata de eso, de ponerle ganas a lo que uno hace, sin importar lo que haga. Hay límites, hacerse daño y dañar a un tercero es un ejemplo. Una regla infranqueable.

Agarré la película ya empezada. No tenía idea de qué había en cartel, solo pedí un boleto para lo primero que estuviera en el cronograma. El cine estaba vacío, es uno de los cines históricos que sobreviven al paso del tiempo en la avenida Corrientes. Entrar ahi es como meterse en una cápsula del tiempo y viajar a los 80' y por qué no 70'. Subí a las apuradas y disfruté de los más de 90 minutos que dura Nine. No soy fanática de los musicales. Me gustan, pero en general no los pongo dentro de mis primeras elecciones. Tiene muy buenos momentos, y las actrices están más que divinas en sus momentos de gloria. Me encanta Marion Cotillard, con esos ojos profundos y esa sonrisa entre inocente y pícara. Ya me había deslumbrado en Piaf. Tiene dos canciones, la primera "Mi marido hace películas" en donde da cuenta de una relación subsumida en la actividad profesional de Guido, el guionista cinematográfico, mujeriego y descarriado que interpreta Daniel Day-Lewis. La segunda canción es mucho más corta, pero la interpreta como nadie. Se llama "Llévatelo todo". Me pregunto qué memoria emotiva usará para sacar de adentro tanto rencor.

Abajo copio el video de ese momento de la película, que por lo visto fue cortada de una traducción al español. Es lo que hay.



miércoles, 3 de febrero de 2010

Mi pequeño pony rosa

Cuando tenía 4 años mi mamá me regaló un Pequeño Pony rosa. Lo llevaba a todos lados, incluso lo usé para una especie de producción de fotos en una de las plazas porteñas. Ya no existen los fotógrafos de plaza. Una noche, camino a casa, me quedé dormida sobre el regazo de mi mamá en el colectivo. No recuerdo mucho más de ese momento, solo sé que cuando me di cuenta, el Pequeño Pony no estaba más. Me lo había olvidado.
De adolescente me interesaban otras cosas, adoraba arreglarme, usar aros, vestir con polleras y musculosas, pero nunca me olvidé del pony. Era imposible, en el living de casa un retrato me recordaba todos los días lo que había perdido. Paradojas de la vida, siempre recuerdo lo que pierdo, más no lo que gano.
Con el tiempo decidí que alguien debería estar cansado/a de tener un Pequeño Pony rosa producción 1982. Empecé a buscar como quien no quiere la cosa: en jugueterías retro, anticuarios, ferias y hasta en internet. Descubrí que hay mucha gente que los colecciona, tampoco para tanto, yo sólo quería mi pony rosa. No faltaba el comentario consolador que me decía "vamos a una juguetería, ahi deben vender". No, no quería las versiones del nuevo milenio de los Pony, no los quiero. Ahora vienen floggerizados, llenos de brillo, los razgos de la cara son diferentes, y además, ninguno se parecería al que perdí a los 4 años.
De paseo por el Mercado de las Pulgas, en diciembre del año pasado, encontré un pony de la misma camada, pero lila. Lo pensé, di vueltas, fui, volví, y finalmente lo compré. Casi como un premio consuelo me conformé con haber encontrado al hermano gemelo. Me resigné con lo similar, y seguí mi camino mirando y comparando la foto con el pony.
A comienzos de enero, mientras chusmeaba en subastas de un sitio de internet, vi que alguien vendía un pony. Decidí entrar para ver si por casualidad tenía mi Pequeño Pony rosa. Ahi estaba, lo vi. Llamé a gritos a mi mamá para preguntarle si era ese, y ante la positiva no dudé en comprarlo. Ahi redescubrí que cuando uno menos lo espera, lo que debe y quiere estar con una/o vuelve.
Pasaron dos semanas para ir a buscarlo, hasta que ayer fui y dije: "vengo por mi pony". Es cierto, lo dije así. El señor que tenía que entregármelo estaba a los gritos por una cuestión de trabajo, pero nada me importaba. Yo quería MI pony rosa. Me lo mostró, lo vi, era el mismo. Le di su dinero, me despedí, y empecé a caminar por la calle con mi bolsa azul con una sonrisa infantil. Como la que descubre el regalo que le pidió a Papá Noel.

lunes, 1 de febrero de 2010

Hola febrero, ojalá no seas como enero

Todavía recuerdo la emoción con que dije "Chau, nos vemos en febrero". Ya empezó febrero y junto con él volví al trabajo, como muchos/as. Enero pasó por mi vida como un relámpago de cachetadas. Las dos mellijas me quedaron moradas de tantos golpes. Hacía rato que no deseaba terminar algo como ayer. No veía la hora de que pasara enero para poder arrancarlo del calendario y de mi vida. Ahí está, seguro que todavía sobrevive en el tacho de basura, hecho un bollo, arrugado, como guiñándole el ojo a mi suerte e invitándola a descansar un mes más.

Junto con febrero llegó el cambio, el mío. Para empezar cambié mi jornada laboral y desde ahora trabajaré en el turno tarde. Esto me está costando horrores porque siempre disfruté llegar al trabajo a la mañana, encontrar la oficina sola y ponerme a limpiar para sentir el rico olor a "Blem", café y/o mate. Además, trabajar en el turno mañana te permite disponer la tarde de otra forma: salir con amigos/as, novio/a, ir al gimnasio, estudiar, dormir siesta. Fue mi elección, pero más que nada porque decidí seguir estudiando, y ante las posibilidades de turno mañana o noche, no tenía más opción que marcar la primera. Cuando estudiaba abogacía en la UBA y trabajaba todo el día, se me hacía imposible mantenerme despierta en horario nocturno.

Recién es el primer día, que no termina, pero advierto que me está costando. Me da miedo perder, no poder organizarme y dejar de ver gente que quiero. Mientras escribo, pienso que de hecho me estoy adelantando porque seguro que cuando llegue a casa, voy a querer tirarme a leer, comer, ver un poco de tele y dormir.