viernes, 19 de marzo de 2010
Abortos
Por Martín Caparrós
Son como niños. Clarinito dijo no no no no quiero no quiero y siguió imaginando que si él no lo decía eso no iba a existir. O, mejor: que, aunque ya lo hubiera dicho, si dejaba de decirlo desaparecería. Y Nacionita lo agarró de la mano y le dijo no no no yo tampoco quiero, e imaginó lo mismo. Después se fueron a dar una vuelta por el barrio: se les había ocurrido vender limonada en la puerta del jardín, y que si le ponían mucha agua iban a ganar más y, ya que estaban, empezaron a hablar mal de la maestra jardinera: maestra caca culo pis, maestra putiquina tontonera botoxa caradú, maestra puaj más puaj. Y al final se fueron tan contentos, convencidos de que, con su silencio, habían borrado aquel asunto que los preocupaba.
Pero los niños son, además de perversos malvaditos, un poco torpes todavía: Nito y Nita dejaron muchos rastros, chorreaban por todos los costados. Y entonces algunos chicos de la salita rosa pudimos ver los esfuerzos que hacían para que nadie se enterara de que allá afuera, en el mundo, los grandes hablaban del aborto.
El aborto es un tema que irrita a mucha gente –y, más que nada, a gente con sotana: si los obispos parieran, el aborto sería sacramento, decía una amiga mía. Los mismos que soportan muy bien que haya chicos que se mueran de hambre o se maten de paco o agonicen de sida con tal de que no usen forros, no toleran que una mujer decida interrumpir un embarazo –porque es, dicen, un asesinato. La discusión entre morales podría llevar horas y no llevaría a ningún acuerdo. Pero más allá de las posturas que cada quien defienda, hay una realidad: más de mil mujeres abortan cada día en la Argentina y la gran mayoría lo hace en condiciones muy precarias –sin médico, sin asepsia, sin ninguna garantía. Por eso cada día se muere una mujer por un aborto mal hecho, y por eso –entre otras razones– hay mucha gente que pide que se legalice: porque hay pocos ejemplos más brutales de la desigualdad social. Una argentina de clase media o alta puede hacerse un aborto privado y clandestino con riesgos muy mínimos; una argentina de clase baja que decide abortar arriesga su vida. Legalizarlo e incluirlo en los programas de salud pública es la única forma de reparar esa injusticia. Y sería, incluso, útil para el sistema sanitario: cada día, casi doscientas mujeres llegan a hospitales públicos para paliar las consecuencias de un aborto mal hecho –y ocupan recursos que se podrían usar en otras cosas.
Pero los políticos argentinos temen pelearse con la iglesia romana, y nuestra presidenta mujer y progresista dijo cada vez que pudo que estaba en contra del aborto y, en cuanto asumió, echó al non sancto Ginés; enseguida su primera ministra de Salud, mujer y progresista Ocaña, dijo que el aborto era “un tema de política criminal, no materia de mi ministerio”. Es pura hipocresía: si realmente están en contra del aborto, deberían perseguirlo en todos los casos: castigar, por ejemplo, a los médicos que lo practican en consultorios coquetos de los barrios finos. Pero si no lo hacen, el Estado debe garantizar que todas las mujeres tengan las mismas chances.
Este martes, 250 organizaciones sociales y 35 diputadas y diputados presentaron de nuevo en el Congreso el proyecto de ley por un aborto legal, seguro y gratuito, bajo la consigna ya clásica: “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”. Pero algo había pasado: hace tres años, cuando las mismas empecinadas militantes presentaron un proyecto semejante, el apoyo fue mucho menor. “Este año parecía que ninguno se quería quedar afuera”, me dijo una de ellas, “y siguen sumándose”. Esa suma ya era un hecho político en sí mismo, una noticia: que se juntaran legisladores del Frente por la Victoria y la Coalición Cívica, el socialismo y el Peronismo Federal, el Proyecto Sur y la UCR, el Nuevo Encuentro y el GEN –y ninguno del PRO, válgame Dios– para compartir una mesa y una idea es un hecho raro en la política argentina, que merece ser contado, analizado. Pero nuestros grandes medios no lo tienen muy claro –o, quién sabe, tienen claro cuestiones más oscuras.
Porque Nito y Nita se enfurruñaron y pensaron que, una vez más, si no lo decían no iba a existir –y pusieron manos a la obra. Nita es más astuta: el proyecto de aborto legal no aparecía en las páginas visibles de lanacion.com pero, si uno buscaba mucho, al final lo encontraba. Lo mismo pasaba en su edición de papel: la noticia, mezclada con una más vieja para sacarle fuerza –“Aborto y matrimonio gay, en el Congreso”– estaba en la última página de Información General, después de “La increíble muerte del hijo de Grimau”, “Un preso por el crimen de Mar del Plata” y “Confirman la absolución de un acusado de violar a una joven” –temas, sin duda, mucho más importantes. La noticia no sólo estaba escondida: juntar un proyecto de ley presentado por 35 congresistas con los crímenes del día es una opinión tácita y contundente. Pero el método fue casi versallesco al lado de lo que hizo Nito.
Que desapareció la noticia de sus ediciones. El martes a las 17.34, clarin. com publicó una información bajo la placa de último momento: “Reflotan en el Congreso un proyecto de ley para legalizar el aborto”, decía el título y, más abajo, “La iniciativa, impulsada por 33 diputados, plantea que toda mujer tiene derecho a interrumpir el embarazo durante las primeras doce semanas de gestación o, fuera de ese período, en casos de violación, riesgo de vida o malformaciones fetales graves”. Después venía una larga nota, llena de detalles (http://www.clarin.com/diario/2010/03/16/um/m-02160714.htm). Al día siguiente, la noticia ya no estaba en la web ni en el papel.
Por ahora –por fortuna– la prensa por internet sufre menos controles que las otras: un periodista consigue una información, la redacta y la manda a un editor que la cuelga apurado en la red, porque hay que salir antes que los demás. En un diario de papel, en cambio, hay tiempo para cabildeos y consultas, y cada página pasa por varias miradas antes de ir a la imprenta. Este miércoles, en la edición de Clarín, donde la información del parlamento –DNUs, Marcó del Pont, impuesto al cheque– era central, no había una palabra sobre el tema del aborto legal. Un medio tiene derecho a elegir qué considera noticia. Lo curioso es que Clarín primero consideró que esto lo era, y después se arrepintió. Tan interesante les había parecido al principio que, el mismo martes, le dedicaron su encuesta online del día. A alguien se le debía haber ocurrido averiguar qué pensaban sus lectores; la idea era buena, y el tema convocó bastante más que lo habitual: hacia las siete de la tarde ya había 7226 personas (76,1 %) que estaban “de acuerdo con que el Congreso discutiera el aborto”; otras 2373 (23,9 %) pensaban que no. A veces, la sociedad argentina es un poco menos reaccionaria que sus líderes.
Hasta que a algún jefe de Clarín se le debe haber ocurrido que eso que sus lectores decían no terminaba de gustarle, y lo borró del mapa: el miércoles a la mañana quise chequear cómo seguía la encuesta y me sorprendió no encontrarla en la home de clarin.com. Abrí, entonces, la ventana donde se guardan todas las encuestas anteriores: la encuesta sobre el aborto había desaparecido. Cualquiera puede ver que existió: no hay manera de abrirla desde ninguna página, pero si uno tiene la dirección original todavía la encuentra en http://www.servicios.clarin.com/encuestas/votar.jsp?encId=9239 –porque, en la web, como en los buenos thrillers, siempre queda algún rastro. Después, cualquiera puede entrar en la ventana Encuestas Anteriores –que muestra todas las que hicieron en los últimos meses– y ver que la encuesta del martes 16 sobre el aborto que acaba de mirar era un espejismo: allí, entre la del lunes 15 –“¿Alguna vez se encontró personalmente con alguien que conoció en la web?”– y la del miércoles 17 –“¿A qué equipo ver mejor parado para el Superclásico del domingo?”– no hay nada, nada de nada, el vacío más perfecto. O sea: que Clarín se censuró a sí mismo. En la mejor tradición estalinista, borraron de la foto lo que no les gustaba: las miles de personas que les habían dicho que estaban por el debate no existían. ¡Personas, quién dijo personas? ¿Debate, quién dijo debate? ¿Aborto, quién dijo aborto? No, aborto no, no hay, no existe, si alguien dijo que existe estaba equivocado. ¿Que fui yo el que lo dije? Pero no, señorita, estará confundida.
Son como niños; nosotros, sus juguetes. Es levemente aterrador u, ojalá, solamente patético.
miércoles, 10 de marzo de 2010
La mirada de los otros
En una reunión de trabajo en la que hoy me tocó estar, recordé que muchas de las acciones que realizamos a diario pueden estar conectadas con las de alguien completamente diferente, ser extremadamente distintas, y sin embargo llegar al corazón de una misma forma.
Cuando caminamos por las calles de nuestra ciudad, sobre todo si es gigante como Buenos Aires, nos cruzamos con miles de personas desconocidas. Cada una, sin embargo, tiene una historia que contar, una anécdota graciosa, una pérdida, un enojo, un gesto solidario y por lo menos dos egoístas. No vemos cada historia, porque de hecho es imposible escuchar cada relato, la vida no alcanzaría para recolectar y administrar tanta información. Pero se trata de observar, con eso alcanza ¿Alguna vez se sentaron en el banco de una plaza a contemplar a la gente que transita por ahí? Si lo hicieron, sabrán a qué me refiero. Se trata de observar, mirar minuciosamente cada detalle. Para quien no maneja esta herramienta con virtuosismo es difícil seleccionar la información, pero se hace más llevadero con la práctica ¿Qué caracteriza a esta persona? Su forma de hablar, de caminar, la ropa, los colores, el peinado, pero por sobre todo, la mirada. Dos minúsculos reflejos que nos dicen todo, incluso más que todo lo demás.
Las miradas perdidas, atentas, empantanadas de miedo, sobrepasadas de alegría, húmedas al límite del llanto, volátiles y soñadoras, colmadas de ternura, enmariposadas de amor. Todas ellas esconden historias. Mi vocación me enseña día a día que saber observar es lo más valioso, justamente por el hecho de que hay historias para contar en todos lados, lo importante es saber usar el tamiz de información. Yo elijo contar mi historia, y elijo qué contar y qué no. Quienes me conocen saben que de mi vida hay mucho más que decir, que lo que aquí escribo. Seguramente habrá alguien dispuesto a escuchar mi historia, y estoy muy segura de que no será en vano.
lunes, 8 de marzo de 2010
martes, 23 de febrero de 2010
Tiramisú de Pomelo
Seguramente dice otra cosa, pero no logro ver qué. Mientras tanto me conformo con pensar que me dedicaron esta canción.
Vida rosa, sueños binarios, cuerpo irreal

Desde su primer prototipo -en el que representó un cuestionable modelo de adolescente- hasta la actualidad, la muñeca Barbie ha sido la inspiración de millones de mujeres y niñas alrededor del mundo. Sin embargo, este juguete genera reacciones opuestas: por un lado están quienes la consideran una influencia negativa por el estereotipo que representa y por sus proporciones corporales irreales, y por otro quienes ven en sus versiones un avance respecto al papel de la mujer en el ámbito profesional. Publicado en Urban@s en Red |
Mientras el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, critica a mansalva el uso de la Play Station y la Barbie por considerarlos “una cosa que envenena la mente de los niños”, la muñeca sigue liderando el ranking mundial en su especie. Se venden dos Barbies por segundo en alguna de los más de 150 países donde se comercializa.
Desde su lanzamiento en 1959 hasta el momento, cuenta con 125 versiones que van desde hobbies hasta profesiones. La última elegida, que será lanzada en los próximos meses, es la “Barbie Ingeniera en Informática”, una carrera generalmente pensada para varones. Mattel, la empresa fabricante, destacó en un comunicado que ha adoptado un nuevo método para seleccionar las nuevas profesiones de Barbie: sometió a consulta abierta a sus seguidores en Twitter y Facebook. Este nuevo procedimiento deja al descubierto las necesidades de miles de mujeres que buscan la igualdad en todos los ámbitos. “Barbie Ingeniera en Informática le mostrará a las niñas que las mujeres pueden convertir las ideas en realidad y tener un impacto positivo en la vida cotidiana de la gente”, destaca Nora Lin, de la Sociedad de Mujeres Ingenieras de Estados Unidos (Society Of Women Engineers – SWE) en un comunicado de prensa. El objetivo es que las futuras generaciones de mujeres exploren aún más el mundo de las nuevas tecnologías, espacio ocupado generalmente por hombres, y se conviertan en lideresas. Claudia Mauri, que lleva adelante la campaña “La discriminación no es un juego” sobre juguetes sexistas, destaca empero que “se trata de un tibio avance, que más se parece a un artificio publicista”. Y cuestiona, entre otras cosas, las proporciones irreales de la muñeca respecto a una mujer real. Tal es así que recién en el año 2000 se le incorporó el ombligo… Algunas críticas sugieren que el cuerpo de Barbie carece de la masa grasa necesaria para menstruar y concebir. También que estas proporciones irreales, largo cuello, grandes pechos, alta estatura y estrecha cintura, no las pueden asemejar ni las modelos, ni se conseguirían con cirugía estética. Lo más grave es que esta inquietud y el deseo por ser delgadas, se ha extendido a edades tempranas, en donde muchas niñas (a partir de los 6 años), que deberían preocuparse más por jugar, se preocupan por su figura, siendo éste un fuerte factor que conlleva más tarde al desarrollo de bulimia y/o anorexia. En investigaciones realizadas en la Universidad Flinders, se encontró que la mayoría de las niñas entre 6 y 7 años, expresan su deseo de ser flacas y ya conocen lo que significa una “dieta”, lo que puede poner en grave riesgo su salud, ya que indican que están dispuestas a seguirlas con tal de no engordar. “Estas figuras ultradelgadas provocan que las niñas ya no estén tan satisfechas con su propio cuerpo”, señala otro estudio de la Universidad de Sussex. Protesta a la mexicana Una de las protestas más originales contra lo que Barbie representa, tuvo como escenario la Alameda Central del Distrito Federal de México, donde el año pasado, con el apoyo del Departamento de Difusión Cultural de la Universidad Nacional de México, el Museo Universitario y el Antimuseo, se presentó la muestra “Barbie Alterada”. Una serie de muñecas mutiladas, crucificadas sobre una escoba, con sobrepeso, enjauladas, vomitando (foto), congeladas dentro de un bloque de hielo y hasta vestidas de tehuanas, fueron algunas de las obras exhibidas, llamando la atención de decenas de transeúntes. La exposición estuvo instalada sobre una especie de carrito, proyecto de origen español promovido por Antimuseo, un centro portátil de arte contemporáneo cuyo objetivo es sacar de las cuatro paredes una exposición y volverla móvil, para tomar las calles con el arte. Las muñecas, invitaban a reflexionar “y convertir al público en un sujeto más pensativo en busca de su identidad”, según la organización. También la crítica pretendía replantear temas como el sobrecargo de trabajo femenino, la violencia de género y el crecimiento de los feminicidios. Eternamente joven… y rosa Sin embargo esta muñeca eternamente joven, es un estereotipo de mujer que todavía hoy se mantiene: un cuerpo completamente estilizado, un marido modelo, hijos, la casa, el auto, la estabilidad financiera y emocional. Pero ese paquete está lejos de parecerse a la realidad. “Además, en Europa ha surgido una campaña contra la rosificación, es decir el empleo del color rosa para identificar a las niñas, por ser un color que representa la debilidad, el amor romántico y la extrema sensibilidad”, agrega Mauri. El tono “rosa chicle” se relaciona inmediatamente con una Barbie, ya que es usado en cada producto de su línea. La Barbie Ingeniera en Informática no escapa a esa “rosa realidad”, agregando a su atuendo anteojos, vestimenta y accesorios de ese color. Pese a todo, todavía la muñeca Barbie representa esa vida en apariencia perfecta e inalcanzable. Es la pesadilla de millones de adolescentes que soñaron ser como ella de chicas. Hoy se encuentra en el mercado un enorme abanico de productos de la línea, que van desde los juguetes, vestimenta, accesorios, hasta productos informáticos, que son consumidos por al menos tres generaciones de mujeres. |
jueves, 18 de febrero de 2010
La patilarga
La clase fue igual que la anterior, tres “om” y se supone que una ya se encuentra conectada con su interior. Visualizar el cuerpo desde adentro como pide la profesora es para mi una ardua tarea. Me cuesta horrores concentrarme en algo, no puedo escapar a mis pensamientos. De los pies hacia la cabeza, al menos 5 minutos de concentración y se cierra la conexión con el cuerpo. Tal vez esté haciendo algo mal, pero juro que no puedo. Lo intento, pero no puedo.
Cuando llegó el momento de relajar la cabeza y mirar para un lado y para el otro repetitivamente la vi. Ahí se me fue lo poco de concentración que había logrado. Estoy segura de que me miraba, ella sabe que no me gusta que aparezca. Cada vez que volvía para su lado, seguía igual, inmutada. Si hubiera podido verle la cara, apuesto a que se estaba riendo de mi. Mientras se mantuviera quieta, podía seguir con la clase casi sin problemas.
¡Pero se tenía que mover nomás! Un poquito, después otro poquito, y un poco más. Se movía y yo ya ni me acordaba de que estaba en una clase de yoga. Buscaba la mirada cómplice de alguno de mis compañeros pero estaban todos mirando su propio cuerpo. Claro, es fácil cuando no tenés una patilarga haciéndote morisquetas.
Por suerte decidió que yo ya no era un buen blanco, se aburrió de mi y se fue. Caminó hacia la profesora, pero ahora era yo la que no le quitaba los ojos de encima, me quería asegurar de que se fuera para no volver más. En medio de una de las contorsiones en las que hay que llevar la mirada hacia atrás, la profesora la vio. Creo que abrió los ojos tanto como los tengo yo normalmente. Siempre dijeron que tengo ojos grandes, y es cierto. Menos mal que mi cara acompaña, sino me vería muy desproporcionada. Igual ahora me están fallando un poco y necesito anteojos para ver de lejos. La profesora me miró a mi, y yo le lancé mi mirada que dice “ya estaba al tanto”. Esa que levanta las cejas, abre los ojos y achina la boca. Tenía que ser la líder del grupo, después de eso disimuló bien que la tenía atrás.
Seguimos con la clase y yo no le quitaba los ojos de encima a la muy turra. A esa distancia ya no podía ver si era ella o una marca en la pared. Pensaba en que el ventilador podía cruzársele por el camino y devolverla directo a una parte de mi cuerpo. Debía estar atenta a ese momento. Pero no, se quedó atrás de la profesora, sentada sobre el marco de la puerta. Me miraba, lo sentía. Pero se quedó ahí, hasta que terminamos la clase. Después del “om” final me quedé con las ganas de decirle a la profesora: “por favor, otra vez arañas no”.
sábado, 13 de febrero de 2010
Un flechazo contra San Valentín

Por Laura Peker
El libro Te pido un taxi es una radiografía de un segmento de la amorosidad actual de mujeres urbanas, profesionales y treintañeras, escrita por Fernanda Nicolini y Mercedes Halfon, que más que buscar un happy end con la chica vestida de blanco revaloriza la amistad y las redes entre mujeres. Ellas, además, denuestan a San Valentín, no sólo por ser una festividad marketinera e importada, sino porque sienten que “está hecha para hacer sentir mal” y creen que en ese combo también está el sexo vendido como consumo.
Los sombreros de brujas –mal reconocidas como malditas, cuando fueron sabias, y no sabemos si tuvieron verrugas o la historia necesitó afearlas para tapar su ancestral sabiduría– se escapan de los negocios porteños en Halloween. También en San Patricio el Bajo porteño se disfraza de Irlanda para llenar de cerveza la pantalla del noticiero que muestra a chicos y chicas con la boca abierta, para que la señora de su casa diga “la juventud está perdida” y la imagen de la mañana siguiente con botellas y alguno que se olvidó la dirección de su casa tirado por la calle le den el sí a su propia razón. En el nuevo calendario de fechas importadas, San Valentín no es la única fiesta del marketing ajeno, pero es una patada ahí, donde todo cala: sí, en los corazones que se reproducen como conejos y encima están flechados –como si el flechazo, a esta altura, no fuera un símbolo, al menos, demodé de la victoria de la cruzada de Cupido sobre el cuerpo femenino– en cada vidriera, negocio, sex shop o restaurante que invita a los enamorados –que los hay, los hay– pero, igual que en las fiestas de fin de año, nadie dice que no haya familias, pero sí que el ritual del chin chin les duele más a los/las que conviven con un duelo o diversos desamparos que a los/las que se empachan de vithel toné y listo. Pero no terminamos de sacarnos el arbolito de Navidad del living (¿del amor?) que ya viene el tren de corazones no sólo para importar un negocio, encima, para aumentar otro: el de las que se sienten frágiles, abandonadas, solas, descolgadas, insatisfechas o incompletas por no tener un chocolate para morder en otra boca en el tan acorazado 14 de febrero.
“San Valentín es una fiesta para hacer sentir mal, no para hacer sentir bien”, deshace Fernanda Nicolini el rojo furioso con el que iluminan las vidrieras febriles de verano y Mercedes Halfon no destila más ingenuidad: “Para hacerte sentir mal cuando estás soltera”. Las dos hablan como escriben, juntas, aunque sean tan distintas como el clásico de la rubia –Fernanda– y la morocha –Mercedes– y Fernanda apunte a un cinismo que resguarda su solidaridad no ostentosa y Mercedes acumule en un cuerpo chiquito de chica pin-up ideas que alejan a la cultura de la crueldad y, tal vez por eso, se animan –con todas sus iniciativas de periodistas de oficio y poetas subterráneas– a hablar de eso que otras chicas cultas quisieran sacarse de encima, como una marquesina que puede ligarlas a un lugar común, tan común como comúnmente sucede: el amor, el desamor, el fracaso, el desencuentro. Pero, por sobre todas las cosas, como dijo el escritor Pedro Mairal, al presentar el libro Te pido un taxi, de Editorial Plaza&Janés, la revalorización de la amistad femenina.
Como la de ellas, simbióticas, opuestas, complementarias, compañeras. Eso: compañeras. Mercedes y Fernanda tienen 30 años. Mercedes escribe en Radar –de Página/12–, ganó el Premio Estímulo de Periodismo de TEA y publicó el libro de poesías Dormir con lo puesto. Fernanda es redactora del diario Crítica y también tiene un libro de poesías: Ruta 2. Las dos –juntas– hacen el blog autobombo.blogspot.com y las dos escribieron –entre Lobos, Buenos Aires, bares, departamentos y Mar del Plata– Te pido un taxi, un libro que describe más allá de dos historias –como las de ellas– una radiografía de la compleja trama de la amorosidad contemporánea. Y las dos se animan a derribar mitos. “San Valentín es una gran confusión”, destruye Mercedes. “En realidad, un poeta escribió algo sobre un casamiento y se lo dedicó a San Valentín. Por eso piensan que es el santo del amor, pero no había ni casado a nadie, es una confusión”, revela Mercedes. Y gritan con Fernanda: “¡Por eso nosotras queremos reivindicar a San Antonio, que es el santo del amor de acá!”.
Fernanda: –El amor y la pareja es lo más íntimo que tenés en tu vida. Vos podés llegar a festejar por tu aniversario. Es un contrasentido que tengas que festejar en público y a nivel masivo algo que es totalmente íntimo. Es una lógica publicitaria: masifiquemos el consumo del amor. ¿Cómo es el amor? Un corazón de peluche. Y no hay cosa que atente más contra el amor que estandarizarlo.
–¿Y el peluche atenta contra el amor?
Fernanda: –No sólo atenta contra el amor, sino que es una idea del amor adolescente. Es un amor aprendido del cine y la literatura. Es una idea de amor, no es un amor de construcción y de práctica. Y la publicidad de San Valentín trabaja con eso: con lo aspiracional, algo que querés tener y no podés.
Mercedes: –Los enamorados están enamorados: son una unidad mínima. Hacer de eso una festividad nacional es hacer de eso una apariencia, mostrar que tenés alguien para ir a comer a un lugar...
–Es como el exhibicionismo –que simboliza Ricardo Fort– de mostrar más que de ser...
Fernanda: –Sí, la ostentación de “yo tengo algo que vos no tenés” porque los que lo tienen no necesitan salir a mostrar nada. Es muy violento para las solteras o los solteros –que no es una enfermedad– estar exhibiendo el amor como mercancía.
–¿Y esa frustración es más fuerte en las mujeres que –visible o sutilmente– tienen el mandato de conseguirse un novio?
Fernanda: –Sí, cualquier cosa que te genere frustración te tira para abajo.
–¿Qué simboliza en el imaginario amoroso actual Te pido un taxi?
Fernanda: –Una amiga tiró “Te pido un taxi” y todas dijimos “sííííí”. Y a partir del título, que era un lugar común que resumía la frustración y el fracaso, se generó el punto de vista de la novela. Una mujer moderna puede decir “Te pido un taxi” imperativamente. Además, es la frase que clausura cualquier posibilidad. Si una hora antes existía alguna posibilidad de amor, sexo, cualquier cosa, “Te pido un taxi” define que después de eso no hay nada más. Es la frase que clausura: hasta acá llegamos.
–¿En qué lugar se ubican ustedes en la amorosidad actual, donde hay libertad pero también mucha vergüenza de sentirse identificadas, en algunos momentos de la vida, con esas chicas que quieren una relación y sienten que los varones se volvieron fóbicos?
Fernanda: –En principio, queríamos que la novela no fuera una típica comedia romántica o literatura de chicas como Bridget Jones o Sex and The City.
Mercedes: –Nosotras veíamos que esta literatura o los blogs no se diferencian mucho de la literatura del siglo XIX, donde, para todos los sinsabores que pasa la mujer, está la píldora salvadora que es el amor cuando aparece el chico indicado. Y cuando la mujer tiene a su bebé siente que todos sus problemas se terminaron. Incluso, las que supuestamente son más críticas, como Bridget Jones, también terminan con sus problemas cuando encuentran al chico al que no le molesta que ella sea gorda.
–¿Se retoma la idea anterior a la liberación femenina, de que no hay realización posible sin un hombre al lado?
Mercedes: Como que, al fin y al cabo, todo se cuenta de la misma manera que en el siglo XIX. Por eso, nosotras nos propusimos ser sinceras con lo que nos pasa alrededor, pero no hacer el final que ella se enamora y se casa.
Fernanda: –Obviamente la posibilidad de enamorarse y tener una pareja estable está todo el tiempo presente en la novela, pero no como la fórmula salvadora. Hay un personaje (Julia) que no está buscando el amor, sino que lo redefine a partir de un fracaso y eso nos parece mucho más real. Y el otro personaje (Bárbara) tiene muchos hombres pero ninguno le termina de cerrar, pero no es porque ella es fea o gorda o los típicos estereotipos de que la mujer no llena los casilleros de la belleza actual. Su insatisfacción es no encontrar al tipo.
–¿Ustedes creen que esta insatisfacción es porque en Argentina hay un mandato social de casarse y tener hijos que sigue presionando a las mujeres? ¿O porque realmente el amor en esta época es más esquivo y eso duele?
Fernanda: –Hoy, entre los veinte y los treinta, hay una licencia social para que estés a la par del varón: estudies, trabajes, pruebes muchos hombres, muestres tu potencia. Pero a los treinta ya tenés que tener certezas: no podés seguir probando con este o con otro y empieza, indefectiblemente, el reloj biológico. En cambio a un tipo que tiene entre treinta y cuarenta no se le exige una estabilidad emocional. Ellos pueden seguir pensando que “algo mejor está por venir”.
Mercedes: –Hay diferencias biológicas, culturales, sociales y familiares que se arrastran de siglos. Y siempre hubo literatura femenina, pero en todos los géneros se puede hacer algo bueno. Orgullo y prejuicio, de Jean Austen, habla todo el tiempo del casamiento y es increíble por un montón de cosas.
Fernanda: –Yo creo que lo interesante es encontrar la narratividad de un discurso particular de la mujer y no sé si para el hombre es igual. Vos conocés a un chico y podés estar cuatro horas contándole a una amiga ese encuentro. Hay una mirada femenina del detalle y los matices, de una observación muy aguda de las conductas humanas, que es muy potente a nivel narrativo.
–En el libro aparece la palabra “chongo”, que marca una categoría que no es ni de sexo casual ni de un novio. ¿Por qué se incluye una definición que viene del mundo gay al universo femenino?
Fernanda: –Es verdad que la palabra “chongo” viene del mundo gay y no sé bien por qué, pero tiendo a pensar que el mundo gay tiene más libertad en los vínculos y las mujeres, para poder tener este tipo de relaciones, tuvimos que importar esa palabra porque no se nos permitía tener una palabra propia. Un pibe dice “Tengo una minita”. Pero si una chica dice “Tengo un tipo”, parece que tenés un tipo que te mantiene. Es bastante sintomático tener que importar una palabra.
–¿Qué pasa con la sexualidad actual, donde están promovidos los juguetes, la performance y donde venden hebillas hay un sector de sex shop para estimular la pasión?
Fernanda: –¡Qué aburrido! ¿Viste cuando te dicen el sexo en el ascensor, el sexo en la cocina? ¿Por qué? ¡Si no hay nada más cómodo que tener sexo en la cama! Yo creo que el sexo también está valorizado como consumo.
Mercedes: –El sexo fugaz, para mí, atenta contra el buen sexo.
Fernanda: –No hay por qué censurar situaciones de sexo fugaz. Hay que tener la libertad de elegir tener sexo sin comprometerse, pero también hay que tener la valentía de decir “No hay nada mejor que el sexo con amor”, sin que se entienda como algo conservador. Es una elección.


